Porque vale la pena ser feliz

viernes, 25 de mayo de 2012

No hay que olvidar lo que sufren los demás, claro que no, pero tampoco hay que olvidarse de lo que va por dentro, de lo que te duele a ti y de lo que nadie hace caso, de lo que sientes y no puedes olvidar, por más que quieras, por más que lo intentes...
Claro que hay que pensar en los demás, sin ellos no seríamos ni la mitad de lo que somos, pero tampoco podemos olvidarnos de nosotros, de nuestra salud, de nuestro futuro, de nuestras responsabilidades....
Hay que intentar encontrar ese equilibrio que nos lleve hasta el punto medio en el que seamos felices, y hay que encontrarlo como sea. Pero una vez que se encuentre queda totalmente prohibido mirar atrás...
+Dame solo una razón por la que deba quedarme aquí y no mandarlo todo a la mierda y no olvidarme de todo, de los que decían ser mis amigos y familia, de los que decían quererme, de ti... Dame tan solo una razón, con la que quedarme, un motivo por el que continuar aquí y no irme, tan solo uno, un motivo válido...
-Te quiero... y siempre te he querido...
+Eso ya no es suficiente, te echaré de menos, lo prometo...

martes, 15 de mayo de 2012

Por primera vez en meses volvía a estar nerviosa. Hoy todo parecía distinto. A simple vista todo parecía normal, pero no lo era. Hoy por primera vez en mucho tiempo sentía la respiración acelerada como solo él solía ponérmela. Y había motivos, claro que los había. Pero nunca me había puesto nerviosa por estas cosas. Siempre había sabido controlar mis estados de ánimo la noche del estreno. Íbamos perfectos de tiempo, y el ballet era perfecto. Pero por alguna razón estaba nerviosa. Y eso me preocupaba. Toda la gente que me importaba estaría ahí. Todos menos él. Tal vez esa era la razón de mi nerviosismo. De mi respiración acelerada y entrecortada, más incluso con cada paso dado. Tal vez todavía tenía esperanzas de que esa noche apareciese. Pero yo sabía que era imposible. El contactó se perdió en el mismo momento en el que decidió acabar con esto. Y yo lo aceptaba, pero no conseguía superarlo. Claro que había salido con otros y por supuesto que me había vuelto a enamorar, pero por alguna razón, la relación terminaba siempre por el mismo motivo, le seguía queriendo. Y eso no podía arreglarlo nadie nada más que yo, yo y mi estúpido subconsciente que seguía enamorado de la misma persona que me hizo daño. Pero la vida es así, unos van y otros vienen, y hay que aprender a aceptarlo. Miré el reloj. Las once y cuarto. Era pronto. Me daba tiempo a desayunar antes de ir a la estilista. Pasé por delante de varías cafeterías pero ninguna me llamó la atención. Así que decidí ir a la misma cafetería de siempre. La que durante años acogió mis lágrimas y mis penas y supo callarse el secreto que yo misma tenía encerrado dentro. Estaba en la otra punta de la ciudad así que decidí coger el metro, era la vía de acceso más rápida que se me ocurrió en aquel momento. Esa mañana la cafetería estaba vacía. Unos cuantos ancianos llenaban dos mesas y una pareja desayunaba en la parte del fondo de la cafetería con miedo a que alguien les pillara juntos. Entre sin hacer mucho ruido, lo último que pretendía esa mañana era formar un escándalo y que los pocos clientes de la tienda terminasen por mirarme mal. No, nada de eso, el día de hoy tenía que ser perfecto. Pedí un café con leche descremado y una zumo de naranja natural y me senté en una de las mesas a leer el periódico. Terminados el jugo y el café salí rápidamente de la cafetería dando las gracias y dejando pagada la cuenta, el tiempo había pasado volando y ya llegaba tarde. Por suerte el metro llegó enseguida y pude ser puntual. Los segundos precedían a los minutos y estos a las horas, hasta que llegó el momento. La gente hacía cola fuera para poder entra a ver el famoso ballet que había llegado a la ciudad y del que yo, formaba parte de una forma muy especial. Era ni más ni menos que una de las protagonistas del último acto con el que se cerraba el ballet. Las hormigas empezaban a hacer su función en el estómago y los nervios empezaban a hacerse cada vez más notables, cuando de repente alguien tocó a la puerta. Al abrir la puerta del camerino, nada más había una tarjeta con una rosa blanca. "Al terminar el ballet te espero en esta misma puerta, VP" decía la carta. Tenía que ser una broma, no podía estar aquí. A lo mejor alguien se había enterado de mi pequeño gran secreto y había decidido jugármela, pero no tenía tiempo de comprobarlo. El espectáculo acababa de empezar y yo debía ocupar mi lugar en la actuación. Fuese quién fuese, ya lo descubriría después, el espectáculo debía continuar, pasase lo que pasase, y era hora de salir a escena y demostrarle al público de lo que era capaz.