Porque vale la pena ser feliz
domingo, 12 de agosto de 2012
Ya no consigo recordar su color de ojos. Creo que eran azules. O verdes. Tal vez eran color miel. No. Estoy segura de que no. Ya no logro recordar si su color de piel era caramelo, o más bien blanquecina. Me preocupa olvidarme de su sonrisa torcida y de los hoyuelos que le salían cuando sonreía. Pero lo que más me preocupa es no recordarlo a él. Olvidarle hasta tal punto que no recuerde sus abrazos, sus caricias, sus miradas... Me preocupa más que nada de lo que me ha preocupado hasta ahora. El destino juega con nosotros. Y convierte todos sus caprichos en realidad. Pero porqué tuvo que hacernos esto. Eramos perfectos juntos. Estábamos echos el uno para el otro. Disfrutábamos de cada rincón de nuestra piel, nunca jamás hubieron peros. Y demasiadas pocas veces discutíamos. Todo era perfecto junto a él. No había problemas, y si los había acababan siendo nada. Tal vez fue eso lo que nos mató. La tranquilidad de saber que siempre estaríamos juntos. Otro día más que no puedo dormir. Son las dos de la madrugada, y mañana tengo que levantarme temprano para volver a enfrentarme a otro día sin él. Pero no puedo dejar de pensar. Parece que el tiempo no pasa y cada vez que apago la luz e intento desesperadamente conciliar el sueño, se apodera de mi una serie de pensamientos a los que estoy harta de dar largas. Tal vez sea el momento de enfrentarme a ellos, pero no tengo fuerza. Las noches son malas, apenas puedo dormir, pero los días son peores sin él. Los problemas han vuelto a venir y ahora no sé como darles solución. La única solución que encuentro es la única que no podré cumplir jamás; volver a su lado.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario