Porque vale la pena ser feliz
jueves, 12 de abril de 2012
Era una mañana como otra cualquiera. Para ser exactos 15 de septiembre del 2009. Todo empezó como un día normal. Un desayuno normal. Unos profesores normales. Unas clases normales. Pero de repente todo cambió. Notaba como poco a poco mi yugular se cerraba y no me dejaba respirar. El agobio aumentaba cada vez más y yo no sabía que podía hacer. De repente cesó. Inexplicablemente cesó. El agobio y el dolor desaparecieron. No le di importancia. Pero tampoco se la quité, aunque el día continuó normal. Normal hasta el final. A la noche volvió a ocurrir. Pero esta vez el dolor era tan agudo que no me dejaba respirar. Intentaba tranquilizarme, pero nada daba resultado, hasta que otra vez sin razón el dolor desapareció. Pasaron los días y cada vez el dolor era más agudo. Mi pecho no dejaba paso al aire. Y mis pulmones cada vez necesitaban más algo que no llegaba nunca. Ni médicos, ni profesionales, conseguían acertar con lo que me pasaba. Era un caso extremo, y muy raro. Nadie parecía saber que me pasaba, y a mi eso me aterraba. Me pasaba las horas de clase encerrada en el baño del instituto. Ni amigos, ni profesores, ni si quiera mis propios padres conseguían sacarme de allí. No iba a clase. Pero tampoco podía estar en casa, allí el dolor se multiplicaba. Solo quería dormir y llorar, eran los únicos momentos hasta la fecha en los que dado el caso, el dolor cesaba. Mi vida social había acabado, pues si no quería estar en casa, fuera de ella menos. Ya no aguantaba los abrazos, ni las caricias y mucho menos los te quiero. Ya nada me parecía sincero. Ahora todo carecía de sentido. Los meses pasaban más lentos que de costumbre, y mientras yo me pasaba horas en el médico haciéndome pruebas que no servían para nada, mi vida pasaba rápida ante unos ojos que no se daban cuenta de ello. Pasaban los días, los meses y lo único que tenían claro los médicos es que padecía una enfermedad llamada ansiedad. Un trastorno psicológico causado por el estrés. Pero era peor que eso. No era la típica ansiedad que con pastillas y meses de reposo se va, ojalá. Es una enfermedad de tipo 4. Uno de los tipos más altos que existen y una enfermedad que me va a acompañar toda la vida. Hoy después de 3 años 6 meses y 29 días, puedo decir que la tengo controlada. Y que después de 3 años 6 meses y 29 días, puedo volver a disfrutar de mis amigos. De las mascletás. Y de casi todo. Aunque siga habiendo gente que me joda. Que me haga daño. Aunque existan miles de personas que me odien. Hoy después de 3 años 6 meses y 29 días, aunque esta noche sea la peor con diferencia desde hacía mucho, puedo decir que me siento feliz. Porque a pesar de todo, hoy estoy viva, y ese es el mejor regalo que podrían haberme echo nunca.
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