Somos completamente
distintos. Como
polos opuestos. Somos tan distintos como el cielo y la tierra. Somos como el agua y el aceite. Completamente
diferentes. Y como lo odio. No os lo podéis imaginar. Somos tan
distintos el uno del otro que chocamos mutuamente. Constantemente. No nos podemos ni mirar. Ni dirigirnos la palabra. Pero tampoco lo intentamos, ya no vale la pena. Ni eso ni casi nada. No nos molestamos en arreglar esta situación. Ni lo vamos a intentar. Porque ya no hay nada que arreglar. Ya no queda nada de lo que un día quedó. Bueno, sí. Queda
cariño,
odio,
amor, quedan infinidad de sentimientos encerrados con llave en el corazón. Y pase lo que pase no voy a dejar que salgan. Porque pase lo que pase ya nada puede ser como antes. Porque dicen que los
polos opuestos se atraen, sí, pero ya os digo yo que todo lo bueno se acaba alguna vez, y esto no es una excepción, y como todo acaba por terminar. Porque dejarlos salir ahora, haría que volviese el dolor y no me lo puedo permitir. Y menos ahora. Porque por mucho que antes haya valido la pena, ya no lo vale. Y aunque duela y aunque lo pase mal, al igual que
culés y
meréngues, solo nos juntamos para las cosas necesarias. Vivimos en mundos completamente distintos, y contra eso nadie puede luchar...
Pero hay que intentar sobre todas las cosas darle la vuelta a la tortilla, intentar sonreír pase lo que pase, y no permitir que el dolor llegue a lo más profundo de tu corazón, porque ahí ya nada tiene solución, entonces es cuando estás perdida. Y sí yo lo estoy, pero no por ello, tengo que dejar de sonreír, no por ello tengo que dejar de hacer felices a las personas que me hacen feliz a mí, y por supuesto tengo claro que no por ello, puedo dejar de ser feliz, porque pase lo que pase, la vida está para disfrutarla, porque solo se vive una vez, y hay que vivir bien.
Simplemente porque vale la pena ser feliz.
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